Nuestros íconos
Preferiría con mucho oír hablar de Jesús que hablar de Jesús, pues ese estar callado de Jesús me conmueve y me atrae al silencio. Veo también que conmueve a su Santísima Madre y la atrae al silencio. Y de buena gana preferiría acompañar a Jesús y a María en su silencio que a todo el resto del cielo y de la tierra a aquellos que comentan profundamente el Evangelio y hablan eruditamente de las maravillas que acontecen al presente. Este santo silencio es más idóneo para honrar las grandes y profundas cosas, para reverenciar dignamente las sublimidades de Jesús ocultas en sus abatimientos, su digna velada por su humanidad, su poder y sabiduría increadas encubiertas por la indefensión y niñez que percibe en ÉL nuestros ojos.
Este silencio de la Virgen no es silencio de tartamudez, de impotencia, es silencio epifánico y de admiración, silencio laudatorio de Jesús más elocuente que la elocuencia misma.
Es también maravilloso contemplar que en ese estado de silencio y de niñez de Jesús, todos hablan y María calla. El silencio de Jesús es más poderoso para mantenerla en un silencio sagrado que las palabras de los ángeles y de los santos incapaces de hacerla hablar de cosas tan dignas de alabanza que el cielo y la tierra unánimemente celebra y adoran. Los ángeles hablan a porfía y hablan a los pastores, María permanece en silencio. Alegan los reyes, hablan y hacen hablar a toda la ciudad a todo el Reino y a todo el Sanedrín de Judea. María permanece en recogimiento y en silencio. Todo el Reino se consterna y todos se maravillan y hablan del nuevo Rey buscado por los Reyes. María quedose en contemplación y en sagrado silencio. Simeón habla en el Templo a todos los que esperan la consolación de Israel. María ofrenda, consagra y rescata a su Hijo en silencio. Tanto poder y secreta seducción ejerce el silencio de Jesús sobre el espíritu y el corazón de María que la mantiene concentrada total y divinamente en silencio.
Por esto, no tenemos otras palabras sobre el tiempo de la infancia de Jesús que las que describen la conducta de la Virgen, su devoción por su Hijo y por cuanto se decía de Él y por cuanto se cumplía en Él: “Maria autem conservabat omnia verba haec conferens in corde suo” (“María conservaba, por su parte, todos estos recuerdos y los confería en su corazón”) LC: 2,19 He aquí el permanente estado y ocupación de la Virgen, he aquí su ejercicio y su vida con respecto a Jesús durante su santa infancia!”